Latinoamérica, en deuda en la lucha contra el plástico y sus residuos

En 27 de los 33 países de la región ya hay legislación, pero del dicho al hecho hay un largo trecho por recorrer.

“Del dicho al hecho, hay un gran trecho”. Tristemente, esta es una premisa que se aplica a muchos ámbitos de la vida. Queremos que el mundo sea mejor, deseamos que nuestra vida sea mejor, lo decimos en voz alta, pero a la hora de tomar acción, de dar los pasos necesarios para que ese cambio se produzca, nos quedamos cortos (¿o paralizados?). Y luego pagamos las consecuencias.

De acuerdo con un informe de la Organización de las Naciones Unidas (ONU), solo en 2020 más de 3,7 millones de toneladas de plástico llegaron a los mares y océanos provenientes de países de América Latina. Lo irónico es que, en el concierto global, algunos países de la región son admirados por su compromiso y acciones tendientes a reducir el desperdicio de plásticos y la contaminación.

Sin embargo, a la hora de sopesar los resultados de esas acciones nos quedamos cortos. Es decir, hay un largo trecho entre el dicho y el hecho. Esto, a pesar de que 27 países de los 33 países de la región de América Latina y el Caribe (ALC) han decretado leyes nacionales o locales para la lograr la reducción, prohibición o eliminación de artículos plásticos de un solo uso. Ese es el “dicho”.

Sin embargo, aún queda mucho por hacer. El plástico representa alrededor del 10 % al 12 % de la composición de los residuos sólidos municipales y las tasas de reciclaje y recuperación de residuos permanecen normalmente por debajo del 10 % en los países de la región. Un progreso loable, sin duda, pero insuficiente, dado que la contaminación avanza a pasos rápidos, y no se detiene.

Un claro ejemplo de esta dualidad es el caso de Brasil, pionero en la adopción de leyes sobre el tema. La norma que establece responsabilidad compartida en la vida útil de los plásticos, además de indicar la obligación de una logística inversa para las empresas productoras, tardó 21 años (¡sí, 21 años!) de discusión en el Congreso antes de ser aprobada. Sin duda, falta voluntad política.

Además, involucra a distintos actores como productores, importadores, minoristas y distribuidores de siete sectores industriales. Ellos están obligados a desarrollar un plan de logística inversa que contempla la recolección del material reciclable a centros donde se reutiliza el plástico. Así mismo,

cada gobierno local debe crear su reglamento para gestionar el reciclaje de residuos y acercarlos a la población.

Incluso, se establecen incentivos económicos para aquellos municipios que desarrollen este tipo de estrategias y cumplan con las metas establecidas. Dentro de los objetivos se encuentra el de reciclar el 14 % de los residuos generados al año para 2024 y que el 48 % sea sometido a algún tratamiento, como el reciclado o la valorización energética, para 2040. Del dicho al hecho…

Los resultados lo demuestran: pese a haber dado el paso hace 13 años, de los 82 millones de toneladas de residuos generados al año, únicamente el 4 % son reciclados en ese gigante país. Otro ejemplo: desde 2019, Brasil cuenta desde 2019 con un Plan Nacional de Lucha contra la Basura en el Mar que, sin embargo, aún no se ha puesto en marcha. Es decir, la legislación es letra muerta.

Chile es otro país que dio el primer paso, el del dicho. En 2016 se promulgó la ley de Responsabilidad Extendida del Productor (REP), una normativa que busca que los productores de insumos prioritarios recuperen un porcentaje de los residuos generados por la industria con fondos propios. El cumplimiento de la norma le corresponde al ministerio del Medio Ambiente.

Los productos prioritarios establecidos a la fecha son neumáticos, envases y embalajes, aceites lubricantes, aparatos eléctricos y electrónicos, pilas y baterías, es decir, de uso cotidiano y vida útil corta. De acuerdo con datos del gobierno de Chile, el país genera cerca de 17 millones de toneladas de residuos al año y solo se recicla 10 %, una cifra lejana de la meta establecida.

En otros países de la región, las principales legislaciones de los países apuntan a la eliminación de plásticos de un uso como bolsas, sorbetes, cubiertos, como ejemplo. Además, ponen foco en cuidar espacios protegidos por la ley como los parques nacionales. Sin embargo, no cuentan con una legislación tan restrictiva como la de Brasil y Chile y sus acciones son menos efectivas.

La realidad, sin embargo, no es alentadora. La liberación de los desechos plásticos en el ambiente “es tan solo la punta del iceberg de un problema gigante que comienza mucho antes, desde la explotación de los hidrocarburos, hasta el transporte y transformación de esos precursores de un sinfín de productos”, según Andrés del Castillo, experto colombiano radicado en Suiza.

Por su parte, la bióloga ecuatoriana María Esther Briz, activista de la campaña internacional BreakFreeFromPlastic (Libérate de los plásticos), “la contaminación por plásticos en nuestros países no está en camino a convertirse en un gran problema: ya lo es”. Ese, justamente, es el meollo del asunto: el problema ya existe, es gigantesco, y se lo intenta combatir con pañitos de agua tibia.

“Comienza desde la extracción de materias primas, pues sabemos que 99 % del plástico es hecho de combustibles fósiles –petróleo y gas–, más todos los contaminantes que se liberan en la transformación en resinas y en el consumo”, agregó Briz. De hecho, la producción de plásticos en la región supera los 20 millones de toneladas anuales, casi 5 % del total mundial de 430 millones de toneladas.

Para la salud, la cadena de vida del plástico aparece como enemiga por la liberación de más de 170 sustancias tóxicas. Es un extenso camino de contaminación que comienza desde el proceso de producción de la materia prima y se extiende en la refinación y fabricación de sus productos, en el consumo y en la gestión y disposición de sus residuos. En cada una de esas escalas deja su huella.

Una vez que llega al ambiente, en forma de macro o microplásticos, se acumula en las cadenas alimentarias terrestres y acuáticas, contamina las aguas y ocasiona serios daños a la salud de las personas. Las que más padecen el problema, sin embargo, son las especies animales como las acuáticas que mueren al consumir o asfixiarse con esos productos y al paisaje, que se deteriora.

El plástico también representa 12 % de los desechos urbanos, una cifra que crece paulatinamente. La ONU estima que los costos sociales y económicos de la contaminación mundial por plásticos oscilan entre 300.000 y 600.000 millones de dólares al año, un dinero que debería utilizarse más bien en prevención y, por qué no, en educación y recursos para las personas menos favorecidas.

Esos residuos, igualmente, afectan al clima: los 20 mayores productores mundiales de polímeros vírgenes utilizados en plásticos de un solo uso, encabezados por las empresas petroleras Exxon (Estados Unidos) y Sinopec (China), generan al año 450 millones de toneladas de gases de efecto invernadero que recalientan el planeta, casi tanto como todo el Reino Unido. ¡Una pesadilla!

Como son una pesadilla los plásticos de un solo uso. ¿Cuáles? Empaques, botellas y vasos para bebidas y sus tapas, colillas de cigarrillos, bolsas de supermercados, envoltorios de comida, pajillas, agitadores y otros más que utilizamos a diario discriminadamente. Estos plásticos generaron 139 millones de toneladas solo en 2021, según un índice que de la fundación australiana Minderoo.

¿Algo más para preocuparse? Como si no bastara el auge de la producción, consumo y desecho indebido de plásticos, Latinoamérica importa basura plástica desde otras latitudes. Estudios de Gaia y el grupo de prensa peruano Ojo Público indicaron que en la última década (2012-2022) México, Ecuador, Perú, Chile y Colombia ingresaron más de un millón de toneladas de ese tipo de residuos.

Aunque se alega que la basura plástica se vende para ser reciclada y convertirse en materia prima para productos de menor calidad o textiles, eso rara vez ocurre. De hecho, termina agregándose a los millones de toneladas que cada año van a los vertederos. Y de allí, a los mares y océanos, a otras fuentes hídricas que son contaminadas, un círculo vicioso que provoca mucho mucho daño.

“No podemos hacernos cargo de nuestros propios residuos y, sin embargo, estamos importando basura plástica de otros países. Lo hacemos muchas veces con muy poca claridad y transparencia, con lo cual no tenemos una trazabilidad de lo que se importa so pretexto de reciclaje”, se quejó Briz. Se antoja una mirada apocalíptica, pero la verdad son pocas las razones para ser optimistas.

Ese lado positivo nos lo ofrece Antigua y Barbuda, que se convirtió en 2016 en el primer país de la región en prohibir las bolsas de plástico de un solo uso. Además, continúo un proceso en el que paulatinamente se suman otros plásticos como los envases de poliestireno para guardar alimentos, así como platos, vasos, cubiertos, copas de un solo uso. La intención es la erradicación total.

Ya son 27 de los 33 países latinoamericanos y caribeños los que han decretado leyes nacionales o locales para reducir, prohibir o eliminar los productos plásticos. “Hay de todo: países con normas fuertes para la regular los plásticos, sobre todo los de un solo uso, y se aplican. Otros tienen una normativa muy buena, pero no se aplica; en otros no existen normas, y hay países donde no pasa nada”, dijo Briz.

Ecuador está transformando las Islas Galápagos en un archipiélago limpio de plástico. Además, eliminó gradualmente en 2018 las bolsas de plástico, las pajitas, los envases y botellas “para llevar” hechos de polietileno. Y otros países como Guatemala, Honduras, Panamá y República Dominicana realizan esfuerzos para recoger los desechos plásticos y evitar que la corriente los lleve hasta el mar.

A pesar de estas iniciativas, aún queda mucho por hacer. Cada año se producen más de 400 millones de toneladas de plástico en todo el mundo, la mitad de las cuales están diseñadas para ser utilizadas una sola vez. De esa cantidad, menos del 10 % se recicla, según datos de la ONU. Se calcula que entre 19 y 23 millones de toneladas acaban anualmente en lagos, ríos y mares.

“Debemos trabajar unidos, gobiernos, empresas y consumidores, para acabar con nuestra adicción a los plásticos, defender los residuos cero y construir una economía circular verdadera”, declaró el secretario general de la ONU António Guterres en su mensaje del Día Mundial del Medio Ambiente. ¿La clave? El cambio comienza en casa, con pequeñas acciones que se traducen en una gran transformación.

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